Francesc Català-Roca, Carbonerillo, Vejer de la Frontera, 1959. Foto: Archivos fotográficos de Cataluña

Francesc Català-Roca, Carbonerillo, Vejer de la Frontera, 1959. Foto: Archivos fotográficos de Cataluña

CARBONERILLO[1]

Revisando el archivo fotográfico de Catalá Roca llama mi atención una fotografía. En un principio, no distingo la edad de su protagonista. El tono gris de su ropa, la boina que cubre su cabeza me confunden en primera instancia.

Sólo cuando centro mi mirada en la fotografía observo que se trata de un niño y que Catalá Roca titula la misma “Carbonerillo”, datándola en 1959 y localizándola en la gaditana localidad de Vejer de la Frontera.

Al margen de la estética, reflexiono acerca de la borrachera de realidad y del testimonio de Catalá Roca, Miserachs o del contemporáneo Gervasio Sánchez.

Carbonerillo es un niño de esa España que tras 1935 se detuvo en el tiempo. Para algunos, como  el maestro Sampedro[2], aún sigue detenida. Carbonerillo es un niño de aquella España pero no de aquella Europa. Mister Marshall sólo vino con Berlanga y el gran Pepe Isbert, Eisenhower vino tarde para Carbonerillo y para todo el mundo.

Carbonerillo podría llamarse Juan, José, Antonio o Ezequiel, podría ser el mayor o menor de una familia posiblemente numerosa, con hermanos que lo fueron al no superar la infancia o con padres cuyas condiciones de vida no les llevaría a la senectud.

La boina que cubre su pelo impide identificarlo entre personas de mayor edad, como si de un uniforme se tratara. Posiblemente cubre un cabello apelmazado que ve el agua en la costa cercana en verano y algún que otro domingo en jofaina de latón.

Sus ropas parecen haber sido objeto del enésimo traspaso: de abuelo a padre, de padre a hermano, de hermano a hermano,… Los pantalones apenas se sujetan a la cintura, no por moda sino por precariedad, y aprovechan una cuerda de guita a modo de cinturón.

Sus alpargatas, como las abarcas de Miguel[3], tampoco serían reconocidas cada cinco de enero por los Reyes Magos. Tampoco era necesario. Carbonerillo tenía el campo, tenía nidos, tenía pájaros, como columpio cualquier árbol.

Su cesto o capacho de esparto nos lleva a industrias de otro tiempo, ahora souvenir codiciado. El carbón era todavía fuente de cocinas, chimeneas y máquinas. Carbonerillo no podía imaginar que el Levante sería fuente de energía, ya era fuente de locura de vejeranos, tarifeños y otros vecinos de La Janda[4].

Carbonerillo posa con garbo, con sonrisa espléndida que muestra dientes, relucientes entre hollín, que no supieron de ortodoncias pero si de comidas de avío y garbanzos tostaos. Su blancura parece no querer deslucir el blanco de la cal de Vejer, extensión de África.

Quizás hoy Carbonerillo –sea Juan, José, Antonio o Ezequiel- otee el horizonte desde la Torre de Palmar[5], estirando el tiempo que de niño el trabajo le robaba,  y que aún hoy roba a niños de América, Asia o África. Posiblemente, observe la arena que no encontró debajo de los adoquines cuando soñaba otra España.

Quizás hoy Carbonerillo –sea Juan, José, Antonio o Ezequiel- pasee en Vejer, junto a sus nietos, a la vera de la muralla, recordando el instante que ha fijado la fotografía[6], recordando aquella infancia robada.

Manuel C. Rodríguez Rodríguez


[1] Divertimento Curso “Enseñar a Emprender”. Tema 3. Las tendencias. Evocación fotográfica.
[2] Referencia al economista humanista José Luis Sampedro
[3] Referencia al poema “Las abarcas desiertas” de Miguel Hernández
[4] Comarca gaditana.
[5] En el municipio de Vejer de la Frontera
[6] Referencia a “Queda la música”, canción de Luis Eduardo Aute
1 comentario
  1. Vasile Filip Comes
    Vasile Filip Comes Dice:

    En mi opinión, si tomaríamos una foto hoy en día de un niño en iguales condiciones de vida, lo único que se diferenciara seria la calidad de la foto o del aparato fotográfico.Desgraciadamente, tuve que ver pocos de esos niños en Guadalajarra (México) , donde niños a partir de 8 años se buscan la vida para ayudar a sus hermanos y mamas embarazadas, ya que sus padres están en la cárcel, están muertos, les abandonaron o simplemente la miseria que ganan no le dan para vivir.
    El niño de la foto aun así sonríe,ya que para el, en aquella época,fue un detalle fotografiarlo y darle unos segundos de atención.
    Han pasado 59 años desde que se tomó la foto, mas de medio siglo y me pregunto en mi interior:¿En serio hemos cambiado a lo largo de los años?O simplemente no nos interesan los del tercer mundo porque no salen en los programas de cotilleo o escándalo?

    Responder

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